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Un año

Junio 26, 2010 Por Redaccion  

Hace 365 días vivía en Madrid, trabajaba en el departamento de comunicación de Cruz Roja, en su Oficina Central, en Reina Victoria. Seguramente comí con los que siempre almorzaba, Eva, Teresa, Fran, Noe, Krys, Laura, Charo… Recuerdo que me hicieron un regalo, recuerdo que hubo risas. Terminé de trabajar y me marché a casa. Allí tenía una familia, una mujer y una hija. Seguro que Mayte me felicitó a las 12 de la noche, como había hecho en las 7 ocasiones anteriores.

Hace 365 días, las cosas no iban bien, pero sobrevivía en una ciudad de la que me ha costado tanto separarme. En cambio, en la que vivo actualmente, no era más que un recuerdo, ni siquiera tenía la categoría de deseo. Recuerdo que ese día de hace 365 recibí muchas llamadas, muchos correos, muchos mensajes.

Hace 365 días había gente en mi vida que consideraba amiga y otros que no eran más que destellos rápidos en una red social. Hoy, los destellos son asideros que me sostienen y los amigos que se fueron ya están tan lejos que ni sus sombras alcanzo a ver. Porque hace 365 días, mi vida era una cosa tan distinta a ésta que asusta echar la vista atrás. Y por eso pienso que no vale la pena hacerlo. La vista, adelante. Los pasos, de frente.

365 días después, Madrid es un buen recuerdo, mis compañeros de Cruz Roja, una sonrisa en el alma, los amigos blogueros, conversaciones agradables y compromisos firmes, y mi vida se ha llenado de sur y de luz. En el camino se han quedado cosas que lo único que han hecho es demostrarme que la vida tiene mucha mentira y una sola verdad: que hay que vivirla, pase lo que pase.

A lo mejor, hace 365 días ya sonaban los cantos de sirena que me condujeron a un arrecife maldito. No pedí que me ataran al mástil y caí. 365 días después pienso que tal vez era necesario ahogarme para valorar el precio del aire. Ella, la vida me ha enseñado en 3 meses más que en muchos años. Quizás nunca le eché cuentas a su pedagogía y me tocó recuperar sus cursos en un solo trimestre.

Ahora tengo una maleta de experiencias llena para hablar con mi rubia y una doble tarea: Resucitar y construir una vida en la que mi hija pueda estar orgullosa de su padre. Lo primero está hecho. Lo segundo se irá haciendo con el camino, valorando la relatividad del tiempo como nunca y trantándolo como una joya, efímera, pero de un kilataje inabarcable, usando la unidad de medida de su risa y sus abrazos.

Post completo en El Jardín de Bomarzo

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