El valor de los silencios
May 31, 2011 Por Redaccion
Cuando decidimos adentrarnos a descubrir nuestra verdad, tomamos distancia de nuestras relaciones, declarando necesaria a la soledad, para manifestarnos en plenitud; intentando tomar prestado los silencios de otros, para poder escucharnos.
Previo a la toma de conciencia que manifestamos al querer saber más de nosotros, comenzamos a percibir con mucha fuerza esa disonancia emocional que existe entre el afuera y el adentro, la misma que afortunadamente nos despierta a la imperiosa necesidad de hurgar por otras vÃÂas, y ver qué nos pasa cuando callamos y prestamos atención, al adentrarnos en nuestro ÃÂntimo universo.
Disfruto de esos tiempos en solitario, asisten a la manifestación conciente de emociones y pensamientos que en ocasiones sorprende a nuestros sentidos, elevando la comprensión de las circunstancias que al no entenderlas nos mantuvieron en vilo; y al esclarecerlas vamos liberando las cargas, que a ciertas realidades nos conservaron atados durante larga data.
Los ruidos de nuestro entorno llegan a contaminar tanto nuestra rutina que en cierto punto, nos aquieta el corazón, y enmudece el alma. Y ni hablar de la tontera que a la razón nos provoca, embruteciendo nuestras capacidades, empobreciendo nuestros talentos.
Tantas verdades de otros sobreimpuestas; tantos mensajes enlatados que se repiten a diario nos aturden, nos adormecen. Nos distraen de lo importante: el afecto que venimos a dar, y a recibir.
¿Cómo hacer para alcanzar este cálido ideal, si detenemos la marcha en ociosas ocupaciones que en nada nos beneficia?
Las pasiones futboleras; los escándalos mediáticos; las traiciones polÃÂticas, se entrometen sin permiso en nuestras vidas cual pariente odioso en la cocina, y nos inhibe del enriquecedor descanso que anhelamos, al pretender ocuparnos, de nosotros mismos.
Es cierto sÃÂ, muchas veces nos evadimos en estas distracciones al temer encontrarnos. Disfrutamos al punto de creernos protagonistas de la vida de otros, sean estos actores o futbolistas. Nos metemos en la piel de ciertos personajes mediáticos que ni siquiera saben de nuestra existencia, ni tampoco pidieron nuestra ayuda para salvarlos.
Estos vicios sociales llegan a convertirse en una adictiva rutina, la misma que con ansias deseamos comenzar, para perdernos, ya que no vemos esperanzas en el hacer silencio, para intentar encontrarnos.
Requiere de coraje el adentrarnos y ver qué nos pasa, para tirar lo malo afuera aunque esto malo tenga nombre y apellido. Por eso a veces nos aferramos al ruido, por no soltar lo conocido que nos daña, a pesar del vacÃÂo emocional, que esto mismo nos pueda provocar.
Me tomo varias horas al dÃÂa en soledad, reconozco que es el tiempo más productivo para elaborar reflexiones, merecedoras de ser compartidas. Es el espacio propicio para la construcción de aquella idea inspiradora que surgió durante el dÃÂa anterior, entre ruidos y afectos. Si, asàes, durante las pausas ruidosas y adictivas es posible que el impulso de realizarnos se abra paso, y nos ofrezca inspiración, como luces resplandecientes que nos alerta de una realidad distinta, a punto de despertar, y regresarnos al verdadero camino.
Me gustan los silencios, cada dÃÂa los disfruto más. Quizá me pierda el último chimento o los datos de la última fecha futbolÃÂstica, incluso los sueños en baile televisados que en contadas ocasiones, confieso que me atrapó.
Ya no me prenden los ruidos como antes, prefiero las calmas reflexiones que el silencio me presenta, valorando los hallazgos que me ofrece, y aceptando con gusto a mis verdades.
Ricardo Raúl Benedetti
http://www.ricardobenedetti.com














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