Modelo para armar
July 14, 2012 Por Redaccion
Perdonará el lector que haya debido apelar a un título de la deliciosa y perfumada novelística cortazariana, pero por momentos me urge entregar esta nota antes del cierre y no se me ocurre otro camino para ventear, aunque sea entre nosotros -vosotros y yo- esta densa hediondez que nos envuelve, porque el mundo (y España y la Argentina no se salvan) se está literalmente pudriendo.
Permítanme nomás que de entrada les cuente un hecho cierto y fácilmente verificable, que no puedo arropar con ningún escenario indulgente ni con ninguna vestidura que mitigue el pasmo.
Buenos Aires, siete en punto de la tarde del jueves de la semana que concluye, con un frío casi polar que a esa hora ya orillaba el bajo cero y llegaba hasta los tuétanos.
A esa hora, exactamente, comenzó el sainete. Con toda la gente en sus casas o departamentos, porque ya habían vuelto del trabajo, y porque se anunciaba desde las cinco de la tarde una cadena nacional en que hablaría la Presidenta de la Nación.
Obviamente, “cadena nacional” quiere decir lisa y llanamente estalinismo, porque el apego a la ley está prohibido en la Argentina, y el gobierno no usa como corresponde sólo los medios públicos -la televisora estatal, de alcance nacional, y la vetusta pero enhiesta y benemérita Radio Nacional, muda testigo de las inclemencias de la política argentina- sino que también se suman a esas transmisiones verdaderamente desopilantes -por imperio de la nueva y democrática Ley de Medios- todos los canales y radios privados, que deben interrumpir sus propias programaciones cuando a la Primera Dama le ha venido en ganas hablarle al pueblo, aunque el pueblo mayoritariamente no entiende lo que ella dice, porque el pueblo obviamente vive en este bendito país, en esta Patria, y ella pareciera ser oriunda de Frivolilandia.
La voz de la locutora oficial suena sobria pero firme, como en tiempos de “los jardines de Beria” y de golpe la pantalla del televisor nos devuelve la imagen de Cristina Fernández de Kirchner, ataviada con un vestido tipo traje que le ha confeccionado un carísimo sastre de la calle Córdoba, en el corazón del coqueto Barrio Norte, su ya inconfundible reloj Rolex Lady Date, valuado en 47.000 dólares, un collar de perlas cultivadas, y una pulsera adornada por 55 diamantes (a nuestra jefa de Estado le parece impropio de una mujer con tamaña responsabilidad sobre sus espaldas, hacerle engarzar tres diamantes más y decir su verdadera edad).
Doña Cristina está rodeada de su habitual cohorte de alcahuetes, lamealfombras y lenguaraces, prestos siempre a aplaudir ante un mínimo gesto del edecán de turno, o a ponerse de pié para enfatizar su decidida conformidad con los dichos de la Primera Dama.
Ellos están en la primera fila. El resto del Salón Blanco de la Casa Rosada está atestado de políticos y legisladores partisanos, cuyo fervor nunca se enciende ni se apaga ante la insinuación de nadie. Ellos estarán siempre de acuerdo, por la sencilla razón de que lo dijo Cristina.
Hacia el fondo del salón está un nutrido y selecto grupo de La Cámpora, la agrupación juvenil que lidera con mano de hierro Máximo Kirchner, el hijo de Cristina. Ellos sí pueden entrar a la Casa de Gobierno con bombos, banderas y estandartes. Los dirigentes gremiales que apoyan al díscolo líder camionero Hugo Moyano todavía no. Deberán esperar si tienen alguna chance en la próxima turnancia electoral.
Para atenuar el golpe de su “anuncio”, Cristina sonríe primero maternalmente ante tanta adhesión espontánea y en seguida se pone seria. Toma en sus manos un ejemplar del diario El País de Madrid en donde aparece la foto del ministro de Hacienda, pone la portada al frente de la cámara y lanza esta frase verdaderamente trágica: “Miren ustedes a este “˜pelado”™ (en el lenguaje vulgar de nuestro país, equivale a una referencia explícita a aquellos señores mayores a los que la frente pareciera habérseles ido hacia atrás de la cabeza con el paso de los años). Díganme si no parece al “˜nuestro”™ (en obvia alusión a nuestro ex ministro de Economía Domingo Felipe Cavallo), que nos vino a dar lecciones con su convertibilidad (cuando el peso estaba uno a uno con el dólar, que es nuestra monedad de referencia financiera) y que nos impuso a los Chicago Boys. Bueno, mientras nosotros crecemos y hacemos realidad la justa redistribución de la riqueza, invertimos y creamos nuevas fuente de trabajo, “˜éste”™ (por segunda vez) está llevando a España a la ruina”.
Con esa sóla frase, la ya célebre “Infanta Real” (permítaseme la ironía, que no el sarcasmo), demasiado bien conocida por sus excentricidades y sus locuras de chiquilla impertinente en los ámbitos internacionales que gusta frecuentar, fracturó de un solo golpe la trabajosa hermandad que los argentinos hemos logrado consolidar con nuestra Madre Patria. Lo demás es demasiado bien conocido, por ser fresco y reciente y porque además hasta hoy traerá seguramente cola Las mesuradas y no oficiales reacciones de voceros de este gobierno, la condena unánime de la oposición argentina y un apagón sincrónico de la mayoría de los televisores argentinos, que inauguró un neo-rating, que ahora ya no se mide en puntos de audiencia o visionado, sino que verifica con la sobreoferta eléctrica que rápidamente deben controlar quienes monitorean los sofisticados equipos de las distribuidoras de energía.
Así concluyó para la mayoría de los televidentes el capítulo número 43 o 54 o tal vez 75, del inefable culebrón con que Cristina nos viene solazando desde el 2009. Los periodistas -y más quienes nos ocupamos de las cuestiones públicas de este país tan ultrajado- tuvimos que soportar estoicamente el suplicio de verla hasta el final, para escuchar siempre lo mismo, narrado en una dialéctica tan inextricable que ni el mejor semiólogo podría desmadejar.
Está bien. España va del mal en peor. El euro se derrumba, y por consiguiente la eurozona. El señor Rajoy ha metido las dos patas hasta la verija (otro argentinismo que describe la púdica zona de la entrepierna), con aquello de ayudarle a los bancos quitándole a los pobres lo poco que les queda, y siguiendo al pié de la letra y en forma disciplinada lo que la mariscal Merkel impone. Yo no sé si Zapatero hubiera actuado mejor o Aznar habría tenido mejores agallas para capear esta inesperada tormenta que amenaza con quebrar el barco y hundirlo. ¿Se dividirán los estados interiores? Retornará la ominosa lacra del Patronato. No lo sé ni pretendo indagarlo. Soy muy respetuoso de vosotros y de lo que vosotros decidáis. Yo no puedo emitir opinión ni laudar.
Frente a vuestra desgracia os acompaño, porque vosotros y vuestra Patria me duelen en el costado en que cargo el corazón. Por eso he elegido esta noche contar las cosas de mi país, que son las que conozco. Con relación a esta Madre Patria que me dio la fe, la lengua, su cultura y su linaje, sólo debo contenerme y hacer lo que sugiere en sus versos un laureado poeta argentino: “Con el ojo derecho veo la sombra del izquierdo / y con el izquierdo / nada”.
Estoy mirando, al momento de garabatear estas líneas un poco deshilvanadas, una reprisse televisiva de lo que fue la marcha de ayer sábado en la mismísima Puerta del Sol. Me conmovió hondamente. Me hizo acordar al Mayo francés de 1968.
Y hace minutos escuché que el gobierno de mi país desgarrado, que no sabe de dónde sacar plata para enmascarar su aterrador déficit fiscal, y que le da consejos o le reprocha su proceder a vuestro gobierno, acaba de promover por decreto un impuesto encubierto que grava a aquellos consumidores que gasten en un mes más de 1.000 pesos en el uso de la luz el agua, la electricidad y el teléfono a partir del primero de julio (¡por supuesto!, aquí las normas se aplican regularmente con retroactividad).
“Andamos en la misma vaina y estamos en la misma huella, compañero”, le decía a un trabajador rural del interior un obrero metalúrgico peronista de la primera hora.
Yo ahora abro el ojo izquierdo y os digo: ¿no estamos nosotros y vosotros transitando la misma y escandalosa vicisitud?
Vuelvo al luminoso Julio Cortázar: ¿acaso no son Mariano y Cristina un modelo para armar?
Domingo Schiavoni
Director
Periodista, escritor y docente universitario de Comunicación Social
domingoschiavoni@diariodelasierra.es














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