La Columna del Jueves
August 2, 2012 Por Redaccion

Los 50, los nuevos 30. Para el divulgador científico y profesor de la Universidad de Cambridge, David Bainbridge, los cincuentones representan la cima de la evolución humana, el espectro de edad mejor adaptado a las necesidades de la sociedad en ámbitos como el laboral, afectivo o intelectual. Y ello ““asegura- a pesar de la innegable decadencia física.
Hay una gran diferencia entre conocimiento y sabiduría. El conocimiento es prestado. La sabiduría es personal. El conocimiento se adquiere a través de las palabras, el lenguaje o los conceptos. La sabiduría se adquiere a través de la experiencia.
El conocimiento es finito, siempre se acaba, muere a las horas, días o años de nacer. La sabiduría no termina, es un camino que no tiene línea de llegada. Uno sigue aprendiendo hasta el fin del fin. El conocimiento llega a un punto donde se para. La sabiduría no se detiene, no llega a un destino, nos reta una y otra vez “¿qué tengo que aprender de esta situación? ¿por qué y para qué me ha tenido que ocurrir esto a mí?
Lo que se aprende con la madurez son cosas sencillas, como adquirir habilidades e información. Se aprende que nadie está equivocado, cuando mucho a alguien le falta un pedazo de información. Se aprende a no incurrir en conductas autodestructivas, a no dilapidar energía por causa de la ansiedad. Se descubre cómo dominar las tensiones, y a ignorar, por mucho que quieran explicarnos, lo que significan las palabras victimismo, resentimiento y autocompasión. Se aprende que el mundo adora el talento pero recompensa el carácter.
Se comprende que la mayoría de la gente no está ni a favor ni en contra de lo nuestro, sino que vive absorta en sí misma. Se aprende, en fin, que por grande que sea nuestro empeño en agradar a los demás, siempre habrá personas que no nos quieran. Esta es una dura lección al principio, pero al final resulta muy tranquilizadora.
Decía el Emperador y filósofo romano Marco Aurelio que lo que oímos es una opinión, no un hecho; y que lo que vemos es un punto de vista, no la verdad.
Cuenta una antigua leyenda atribuida a Rumi, sufí persa del siglo XIII que seis hindúes ciegos fueron invitados a defender, según su idea, lo que era un elefante. Para ello se valdrían del sentido del tacto. El primero en llegar junto al elefante, chocó contra su ancho y duro lomo, y dijo:
-Entiendo, un elefante es como una pared.
El segundo, toco el colmillo y dijo:
-Es tan agudo, redondo y liso que el elefante es como una lanza.
El tercero tocó la rugosa trompa:
-El elefante es como una serpiente -dijo.
El cuarto extendió su mano hasta una de sus patas:
-Está claro, el elefante, es como un árbol.
El quinto, tocó una oreja y exclamó:
-Aún el más ciego de los hombres se daría cuenta de que el elefante es como un abanico.
El sexto, tocó la cola:
-El elefante es muy parecido a una soga ““concluyó.
Toda verdad tiene tres partes. Una es lo que yo sé, digo y defiendo. Una segunda parte es lo que tú sabes, dices y defiendes. Y una última parte es lo que ninguno de los dos decimos, sabemos ni defendemos, porque ambos lo ignoramos. Las tres partes son igual de grandes y de importantes. La suma y la media de esas tres partes sería, quizás, lo más aproximado al concepto “verdad” que proviene del griego “descubrimiento”.
Cada uno de nosotros hablamos y no paramos de nuestra verdad privada, de nuestra experiencia, de nuestro tercio parcialmente cierto”¦ Cada uno de ellos también habló largo y tendido de su verdad privada, de su experiencia, de su tercio parcialmente cierto, de “lo que yo sé que sé”; sin embargo, a pesar de sus enconadas discusiones y debates bien argumentados, todos estaban equivocados ““o quizás nadie estaba equivocado; a lo sumo le faltaba un pedazo de información- (Hugh Prather, Palabras a mí mismo).
Germán González Andrés
Formador Empresarial Independiente













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