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Las batallas de X

Llámala X. Es un mujer normal, una persona normal. Vive en un pueblo normal a las afueras de Madrid, a uno 40 Km. Todas las mañanas coge un tren de cercanías y recorre esa distancia a Madrid para ir a trabajar en una oficina cerrada por un sueldo casi menos ventilado que la oficina.

Está allí de 9 a 10 horas, dependiendo del trabajo que haya. Cree haber oído que en algún país pagan las horas extras. Es madre soltera, o más bien divorciada, aunque la situación se aclarará más cuando los interminables juicios decidan algo. Cuando el tren la vuelve a dejar en la estación, empieza otra jornada laboral para ella. No se queja de su situación, o al menos no demasiado, lo normal, como todos. Hay gente peor que ella. Cierto es que el tiempo para ella es escaso, que casi no duerme a veces a final de mes y que los crios (dos) son una fuente constante de preocupación. Demasiado tiempo solos, demasiadas ilusiones que no puede pagar.

Si lo peor es el tiempo que nunca encuentra, es verdad que ese cansancio que se acomoda tan ricamente en sus huesos no queda lejos.

Ultimamente ha descubierto Internet. Es un gasto dificil de acomodar todos los meses, pero la ha descubierto un nuevo mundo, una manera de acercarse a cosas que antes estaban demasiado lejos para ella. Siempre ha creido necesario ayudar de alguna manera. Quizás es un problema de sueños, de haber visto demasiadas películas de la Disney. Pero aún cree en un mundo mejor. Muchas veces ha intentado ayudar de muchas maneras. Pero si el tiempo le falta para ella misma, es dificil dárselo a los demás.

La hace ilusión que el ordenador de su habitación, colocado a duras penas entre la cama y la cómoda que rescató del último cambio de decoración de su hermana pequeña, le ayude a ayudar, valga la redundancia. Le hace sentirse útil, activa. Para ella decir “me gusta” a una causa que le parece justa es de los pocos regalos que consigue sacar al día.

Sabe que no es mucho, que en la media hora o tres cuartos que puede robar al sueño todos los días no va a arreglar el mundo demasiado, pero algo es algo. Cuestión de sueños, ya os digo. Si las cosas se arreglasen, si consiguiera otro trabajo más cerca, si los niños ayudaran más, si los juicios terminaran…. si. Quizás podría ayudar más. Si…

X no es nadie y, a la vez, X podemos ser todos. Internet, las redes sociales y su capacidad de difusión son una herramienta extraordinaria, lo que no significa que sean la panacea a todos los males de este mundo. Nunca en la historia de la humanidad ha sido tan fácil el acceso a la información y por ende, nunca lo ha sido el hecho de expresar una opinión y que esta sea conocida por un número de gente apreciable, que su vez puede apoyar esa acción. Bien es verdad que aún existen problemas y dificultades, por ejemplo en la educación sobre el filtrado y utilidad final y real de esa información y esa acción individual, pero si atendemos a que antes no existía, sólo se puede decir que la evolución ha sido positiva.

A X se le podrán achacar muchas cosas, pero no que no haga lo que puede. Y de eso se trata. De sumar. De hacer cada uno de nosotros lo que podamos. Por eso, X somos todos. Es cierto, hay gente que podría hacer más, gente para las cuales las pulsaciones del ratón sobre un “me gusta” no son más que un tranquilizador de conciencias tan cómodo como rápido. Pero yo no sé quienes son. Y gente que hace mucho, gente que entrega su vida a los demás. Valientes, héroes anónimos que hacen mucho más que la media. Pero tampoco sé quienes son, no suelen alardear de lo que hacen o dejan de hacer ante los demás. Conocemos cada uno de nosotros a un escaso puñado de ellos, de ambos grupos, de personas sin conciencia y de valientes.

El resto somos normales, como X, gente con vidas de las que conocemos poco, más allá de unas conversaciones limitadas durante el día. Yo soy un cobarde, o mejor dicho, no soy ningún héroe, como X. No dejaría mi trabajo o a mi familia por irme a un país desconocido para ayudar a reconstruirlo, quizás no vaya a todos los actos que considero justos, puede que más de una vez me haya tomado un par de cervezas cuando hubiera podido ingresar ese dinero en una cuenta para cualquiera de las miles de causas que lo necesitaban más que mi gaznate.

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Las múltiples vidas de cañoncito

Había una vez un Cañoncito que tuvo unas cuantas vidas. Se llamaba Ferenc y nació en Hungría, en 1927. En su primera vida, Ferenc era hijo de un jugador de fútbol, y él mismo enseguida comenzó a actuar de recogepelotas en Budapest. Algo debíó aprender de su padre y de las pelotas que recogía, porque con tan sólo 16 años debutó en Primera División (bueno, va, lo mismo influyó que el entrenador era su padre, dirían las malas lenguas, pero su trayectoria posterior le dió la razón) en el Kispest de Budapest. Mientras él jugaba al fútbol, fuera del estadio se armaba la de dios, y el mundo pasaba por la Segunda Guerra Mundial. Después del trago, a la familia no le pareció mala idea el cambiarse el apellido de origen alemán, Purczfeld, por uno más acorde con el resultado de la contienda: Puskás.

El apellido en cuestión significa “escopeta” en magiar, y a fe que el apellido le cuadraba al amigo Ferenc como un guante. Su equipo, de acuerdo a la moda de la época de las naciones de aquel lado del telón que un británico con puro denomino de acero, pasó a depender del ejército hungaro, y se cambió el nombre por el de Honved. A su vez, Ferenc pasó a formar parte de la Selección Nacional.Y con ella llegó la gloria. En 1952 ganan la final olímpica de Helsinki, derrotan a Inglaterra en Wembley por 6 a 3 y, sobre todo, se ganan el sobrenombre de “los magiares mágicos” en el Mundial de Suecia del 54, asombrando con su fútbol, aunque pierden la final con Alemania. Puskás es considerado el mejor jugador de la historia hasta la década de los 50.

Y tras la gloria… la caida absurda. Ferenc y el Honved se encuentran en Viena viajando hacia Bilbao para jugar un partido de la Copa de Europa. Y a unos chicos que van de verde pero les llaman el Ejército Rojo les da por invadir Hungría, por un quítame allá esas revoluciones. Varios miembros del equipo, entre ellos Ferenc, deciden no volver a su país. Son declarados desertores. Un grupo de chavalitos con poder que se agrupan bajo las siglas FIFA le sancionan durante dos años. Puskás ya no es ningún chaval, y contempla como su carrera ha terminado. Él y sus compañeros de equipo sobreviven jugando bolos aquí y allá, más parecidos a una atracción de circo que a un equipo de fútbol: Contemplen ustedes a los Maravillosos Magiares Mágicos”, venian a decir los carteles. Pero ya nada es lo mismo. Por tener, no tenía ni patria.

Pero esto no sería un cuento si no existieran los finales felices. En el verano de 1958, un año y medio después de su sanción, alguien le convence para volver a levantarse y jugar al fútbol. Lo mismo al principio se lo tomo pelín a cachondeo. Tenía 31 años y algo más que unos cuantos kilos de sobrepeso. Y anda que le estaban diciendo que le pretendía cualquier equipo. Era el Real Madrid, el conjunto que ese momento dominaba el continente europeo quien le estaba diciendo: ven.

Tampoco iba a ser tan fácil. Di Stefano no estaba muy de acuerdo con la idea, y el entrenador por aquel entonces, Luis Carniglia, le preguntó a Bernabéu: ¿Qué voy a hacer yo con este hombre?. “Ponerle a punto”, le respondieron. Y eso hicieron. Puskas perdió 12 kilos, pero el día de su debut en Chamartín le hizo tres goles al Sporting de Gijón. A eso se le llama cumplir con lo prometido.

El resto es historia.5 ligas, 1 Copa de España, 3 Copas de Europa y 1 Copa Intercontinental con el Madrid. 236 goles en 261 partido, 4 de ellos en la mejor final jamás jugada de la Copa de Europa, un 7-3 al Eintracht de Frankfort en Glasgow. Un tipo que sabía de esto, Alfredo Di Stefano, dijo que controlaba el balón con la pierna izquierda mejor que él con la mano. Por cierto, Don Alfredo tardó poco en superar su reticencia inicial y convertir a Pancho, como se le bautizó en España, en uno de sus mejores amigos.

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Pensamientos cortitos para un gran patio

Paseo por el Patio del Pájaro Azul. Y se me van cayendo pensamientos cortitos, como un camino de migas de pan. No son gran cosa, pero tampoco lo pretenden. Ideas sueltas que salen de los dedos porque estaban cansadas de las cuatro paredes de mi mente. Como el patio es tan grande, algunas se pierden y otras se ponen a jugar como los crios, correteando y alboratndo a los presentes. Alguna que otra se va de copas, y se de buena fe que ha habido al menos un par que han pedido asilo poético en otras patrias neuronales. En todo caso, y por si no vuelven al redil, dejo aqui constancia de que un día existieron como tal.

Si no sabes hacia donde vas, por lo menos asegurate de saber de donde vienes

Si la vida es un barco, que haya sueños en las velas y no esclavos en los remos

No se trata de vivir de los buenos recuerdos, sino de hacer que cada momento se pueda convertir en uno

Uno no se hace viejo por sumar años, sino por restar sueños

Está bien que mires al futuro como si fuera una ventana… pero abrela, coño, abrela

Cada vez que callas un “te quiero”, hay un gilipollas más en este mundo: tu

Escucha como si fueras tú quien hablara

Ten cuidado cuando saques la escopeta de matar tontos: lo mismo te suicidas

No quería dejar nada para la Posteridad, no conocía a nadie con un nombre tan raro

En el primer café del día se podrían beber los sueños que no recordamos de la noche anterior

Todos nosotros hacemos el futuro. Lo malo es que cuando nos demos cuenta seremos ya pasado.

Hay personas tan encantadas de conocerse que no te dan los Buenos Dias, sólo te prestan uno de los suyos

Me mandan un email con esta oferta: “Adolfo: Trabaja de Nutricionista en solo 6 meses” ¿Y que coño hago el resto del

Otro email: “Una nueva oportunidad laboral espera por ti‏”. Mira, eso me gusta, que se vaya yendo a la frutería y pida la vez

No hay nada más sencillo que existir, no hay nada más complicado que vivir

Nada hay más libre que el sueño de un esclavo

Conoceras al ignorante cuando te diga que el ignorante eres tú por no pensar como él

No hay nada en tu futuro que no puedas soñar.

Todo el mundo es diferente. Eso es lo que nos hace iguales

Exito es llegar a casa y no importarte una mierda los fracasos porque ves una sonrisa

La vida es un coche sin marcha atrás, pero tiene retrovisor

No eliges a quien amas, pero si como amarlo

Puede que mañana sea lunes, pero yo voy a seguir siendo viernes

No se lucha por que se tenga mejores armas, si no porque se tienen mejores causas

Debería haber contenedores separados para los pensamientos basura

Nadie es mejor que tu, sólo diferente. Nadie es peor que tu, sólo distinto.

Conocerás a tus amigos cuando piensen que eres imbécil, no cuando demuestres inteligencia

Hay gente que guarda noches de besos en baules grises, junto con los lápices Alpino y los poemas infantiles. Y ya no saben pintar

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De Phineas y la barra ladrona de sonrisas

Te llamas Phineas Gage y hace 25 años que viniste al mundo. Corre el año 1848 y estás trabajando duro en la construcción del ferrocarril. Tienes, como todo el mundo, tus sueños. Quizás una pequeña casa con jardín en Vermont, donde tu mujer te esperase después del trabajo. Bromeas con ello con tus compañeros. Te respetan, eres capataz. Los chicos pasáis buenos ratos juntos. Alguna que otra vez la Taberna de Jim ha estado a punto de caer por las canciones, después de unas cuantas pintas. Según está el mundo, te dices a ti mismo muchas veces, no tienes mala vida, no te puedes quejar. Y sigues trabajando duro, está cerca la hora del rancho y quieres terminar de colocar las cargas en aquellas rocas cerca de la colina antes de comer.

Quizás por eso, por las prisas, te olvidas de colocar arena entre la polvora y la barra de hierro. Y al introducirla salta una pequeña chispa, la pólvora se inflama, explota, y la barra, de un metro de largo y 3 cm de diámetro, te atraviesa la cabeza limpiamente, entrando por la mejilla y saliendo por la coronilla, y aterrizando 30 metros a la izquierda de tu cuerpo inerte.

Unas horas después, te despiertas en casa del Dr. Harlow. Y la palabra es “milagro”. Vives de milagro. Es un milagro. No hay otra explicación. Y más de un siglo y medio después es probable que lo siguieran diciendo, aunque en ese momento tu no fueras consciente de ello. En dos meses, incluso te dan el alta médica. El susurro al verte por la calle vuelve a ser “milagro”. Tu también lo crees. Has perdido el ojo izquierdo, y has ganado ser conocido y una barra de hierro de un metro que guardas junto a tu cama. Incluso vuelves a trabajar.

Pero algo falta. Tienes la continua sensación de que algo se te ha perdido en el camino. Como cuando ibas a los recados de madre, y sabias que algo se te habia olvidado. Pronto te das cuenta de que lo que falla. No hay sonrisas. No hay sueños. Te has vuelto irascible, inconstante. No hay jardín en Vermont, no hay amigos cerca, sólo curiosos. Aquel cilindro largo y metálico que miras por la noche se llevo algo más que tu ojo. Y no puedes explicarlo. Muchos años más tarde, tu caso será estudiado por muchos médicos y científicos, y lo pondrán como demostración de que los humanos albergamos diferentes funciones en los lóbulos frontales del cerebro, relacionados con las emociones, con la toma de decisiones…. Claro que a ti todo aquello te hubiera sonado como los chinos que trabajaban contigo en el ferrocarril. Lo único que tu sabes es que eres incapaz de sonreir, de llevar a cabo ningun tarea más allá de unos pocos días, que tu mujer te ha dejado porque dices que ya no eres el mismo.

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Gente en una caja de sonrisas

A pesar de que ya la mayoría de las televisiones que tenemos en casa ya no son cajas, sino más bien una especie de sobres aplanados, a la televisión se le sigue llamando la “caja tonta”. Y mejor asi, porque si algo he podido sacar en conclusión de visitar el programa “Twision” en “Veo7“, es que esa caja está llena de gente. Eso si, de nadie tonto.

Gente que te recoje en casa y te hace el viaje ameno. Gente que te recibe y aplaca tus nervios con una sonrisa, o dos, o las que hagan falta. Personas que te dan la mano y te reciben ayudando a que la sensación de vacio no sea demasiado evidente. Profesionales que han debido trabajar en Lourdes para intentar mejorar la cara que la señora naturaleza ha tenido a bien darte. Y más sonrisas. Y una Coca.

Y piensas que aún puedes escapar, que lo mismo no ha sido buena idea. Pero en eso ya estás abajo, en un estudio.Y durante un rato te dejas llevar por la magia de la tele. La magia y sus magos. Todos a una, muy deprisa, pero cada uno a lo suyo. 15 min. Y hay focos, y cámaras. Y más gente. Y micrófonos, y cables, y cámaras. Y últimos ensayos. Y otra sonrisa, por si acaso. 5 min. Y los nervios se esconden tras la curiosidad, tras la emoción de estar “detrás”. Ya.

Y ves la tele “detrás” de la tele. Y mezclas nervios con sorpresa, con curiosidad. Y disfrutas. Como los niños chicos. Pero sabes que va llegando el momento. E incluso ves el mundo boca abajo en un “gadget”, que debe ser como llaman a los potros de tortura en el mundo 2.0. Maravillas habría hecho Torquemada con el aparatito. Y durante un par de segundos te viene a la cabeza que vas a hacer el ridículo más espantoso, y que seguro que dices una tontería. Pero amigo, ya estás ahí. No puedes ir a ningún lado. Respiras. Pides agua y te dan agua, y una sonrisa.

Ponte aquí. “Tienes 5 seg para sentarte”. Me caigo. Seguro, me tropiezo y me caigo….

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El esclavo que se envió a la libertad

El 23 de marzo de 1849, Henry Brown era un esclavo que vivía en Richmond, Virginia. Un día después, el señor Brown era un hombre libre a 600 km. de distancia, en Philadelphia. Este hecho no dejaría de ser una historia más de las miles que debieron producirse en aquella época en los Estados Unidos, si no fuera porque el método elegido por el Sr, Brown fue enviarse a si mismo por correo urgente.

Con la ayuda de antiesclavistas del Norte, que se ofrecieron a ser los receptores del “envío”, Henry se metió en una caja que a duras penas podía contener sus 90 kilos de peso, dedicada en principio para alimentos, puso en la tapa de la caja “este lado hacia arriba con cuidado”, y durante un viaje de 27 horas, cruzó el país por barco, ferrocarril y carreta hasta llegar a las manos de James Killer McKin, un abolicionista de Philadelphia. El viaje le costó la mitad de sus ahorros, 86 dólares, y desde luego no fue de placer. Varias veces pensó que no lo conseguiría, ya fuera por las dificultades de tener que estar en una posición que le impedía respirar, o por la cercanía de la caja a demasiadas personas que podían descubrirle.

A pesar de que tanto McKin como otros antiesclavistas no quisieron darle publicidad al asunto para no “quemar el método” y que otros esclavos pudieran seguir el mismo camino, la historia saltó a la luz y se convirtió en una pequeña leyenda para la sociedad de la época. Henry describió el viaje en una autobiografía ese mismo año, y lo convirtió en una especie de espectáculo teatral que ofrecío en Inglaterra, donde tuvo que huir para evitar ser devuelto a la esclavitud. Eso si, Henry Brown ya se había convertido en Henry “Box” Brown, y la compañía que había efectuado el envío, Adam Express, había indicado a sus agentes que se tuviera mucho cuidado de “Cajas que emitieran gruñidos”. Ninguna persona más lo consiguió.

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¿Ciudadanos digitales?

La aprobación de la llamada “Ley Sinde” ha traído de nuevo el “manifiesto” a la actualidad, al menos en Twitter y en ciertos blogs de los llamados “punteros” de la blogosfera española. De nuevo se alza la voz y se pública en muchos de estos blogs exactamente el mismo texto que se publicó en su día. De nuevo se pretende la representación de la totalidad con la excusa de la defensa de sus derechos. Y ahora se habla de “ciudadanos digitales“. ¿Qué significa ser “ciudadano digital”?

Si atendemos a la definición de la Wikipedia, La ciudadanía se puede definir como “El derecho y la disposición de participar en una comunidad, a través de la acción autorregulada, inclusiva, pacífica y responsable, con el objetivo de optimizar el bienestar público.” Se habla de que el gobierno está en contra de esos “ciudadanos”, aunque se concreta en los “digitales”. Si con “digital” se refiere a una presencia en internet, debo entender que yo también tengo esa característica. Sin embargo, no existe un Gobierno “digital”.

Todos somos, o más bien, todos debemos ser ciudadanos, digitales, orales o incluso visuales. Todos tenemos ese derecho y deberíamos tener esa disposición. No existe un ciudadano digital separado y diferenciado de otro ciudadano. El estar en Internet, el utilizar esa herramienta, no le diferencia en cuestión de derechos y libertades más que cualquier otra circunstancia de su vida o entorno. Internet no es un mundo aparte, no es un territorio distinto de la calle, de la casa, del barrio. Internet es un medio. Quizás el medio más importante para comunicar, compartir, crear, difundir, informar… pero no es otro mundo. Usar Internet no nos hace más importantes, ni mejores personas, ni siquiera tiene el poder de que nuestros razonamientos o sentimientos sean mejores que los de quien no usa, por negación o por imposibilidad, esta herramienta. Tan sólo, y es nuestra opinión, hace mejor y distinta esa difusión. Cambiemos el mundo, pero no POR el de la red, sino MEDIANTE la Red.

Y de nuevo, la élite de Internet, los mismos que acaparan el negocio, impidiendo la expansión de la red hacia la sociedad y su verdadera democratización, alzan su voz y hablan de derechos, de ataque a la ciudadanía. Pero los artistas, o los creadores, o los blogeros, o los fruteros, o los ferreteros, o los…. también son ciudadanos.

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Mi obsesión por Enrique Dans

Ayer por la tarde, alguien me recomendo en Twitter que buscara un psicólogo para que estudiara mi obsesión con Enrique Dans. Concretamente, el tuitero en cuestión afirmo que debía ser un psicólogo de la rama lacaniana. Le reconocí que no sabía cual era esa rama, y me remitió a Google. Lo buscaré un día de estos.

La conversación derivó después en un debate sobre la falta de coherencia que para mí suponía que el amigo Dans, tan ardiente defensor de la cultura libre y de las redes, pusiera trabas para que su libro fuera copiado libremente. Aunque fue una conversación mantenida en un tono educado, me sorprendió la afirmación de mi interlocutor de que mi libro “Primera Cosecha” no tuviera la misma licencia Creative Commons, que si la tiene, además de que en su versión PDF es de descarga gratuita, comparados (lo siento, empezó él) con los 13 € creo, que cuesta el “libro” de Enrique Dans. También afirmó que lo de la descarga gratuita era buena estrategia, ya que nadie lo querría comprar. También tuve que contestar a eso, ya que si ha habido gente que ha comprado el libro, en su versión papel, con un precio de 9,99 €. Las ventas, he de decirlo, no llegaran, ni por asomo, a una parte ínfima de lo que venda el libro del Caballero del Cable en la Cara, aunque me siento increiblemente orgulloso de todos y cada uno de los libros que he podido vender. En una cosa vamos a estar a la par: ni mi interlocutor (tampoco el amigo Enrique) se va a comprar mi libro, ni yo me voy a comprar el suyo.

Además de esta conversación, algunos tuit aislados, charlas de bar e incluso DMs me han interrogado sobre lo que tengo en contra de Dans. Así que creo que debo sentarme en el diván de mi blog, que para eso lo tengo, entre otras cosas, y soltar la chapa sobre el asunto.

La primera razón para criticar a Dans fue la publicación del famoso “manifiesto”. Critiqué a Dans y a los otros redactores y primeros impulsores del famoso manifiesto porque no sólo se atribuyeron una representación que en ningún caso tenían, sino también porque su desprecio fue absoluto hacia quien no opinábamos lo mismo, cerrando cualquier atisbo de solución conciliadora entre las partes implicadas en el problema, a lo que habría que añadir que en mi opinión lo único que querían conseguir es defender su “trozo de tarta” desde sus posiciones dominantes en el panorama público de la Red en nuestro país. No creo que tengan en absoluto ninguna interés moral, sino más bien económico en todo este asunto. La prueba, en el caso de Dans, es que su hipocresía llega al punto de poner a la venta un libro de manera completamente incoherente con su “cruzada” a favor de la “libertad” en la red. Un libro que cuesta, por ejemplo, un precio que no resistiría cualquiera de sus propios post en contra de la industria cultural y sus modelos de negocio. Así que esa es una de mis razones. Nadie habla por mi, y menos alguien que habla como Enrique Dans.

De ahí pasamos a una segunda razón. Al atribuirse de manera continua conocimientos que no posee sobre herramientas que no utiliza, su presencia en los medios es apreciable, apoyado por esa misma élite con la que comparte objetivos. Y la gente que no sabe, que no está dentro de Twitter o los blogs, toma su referencia de alguien que les proporciona una imagen equivocada. Y si, eso me molesta sobremanera. Porque yo creo en la Red como herramienta para cambiar las cosas, para compartir conocimientos y sentimientos, para debatir y aprender, para permitir el acceso de cada vez más personas y sistemas a ella, no como una manera de llenar el ego y el bolsillo. Dans es profesor del Instituto de Empresa, y eso es a lo que se dedica, a enseñar a hombres de negocios a ganar más dinero. Y eso es para él la red. No tengo nada en contra de los negocios o de ganar dinero. Pero si de engañar a la gente ofreciendo una imagen falsa, estropeando lo que es el verdadero futuro de la red, que no es ningún dispositivo o programa nuevo, sino la incorporación efectiva de toda la sociedad a su uso y disfrute, su utilización para un mundo mejor, no para unos bolsillos más llenos. Dans vive en un mundo que no es representativo de la sociedad, un mundo de empresas y palabras en inglés, de élites, altos sueldos y pasillos de moqueta. Y pretende hablar por el resto. No, gracias.

Hay dos razones más. La primera, que reconozco personal, es que no me gusta en absoluto su éstilo de comunicar. Me parece pedante y soberbio. Hay una expresión argentina que he descubierto hoy que le cuadra perfectamente: “Ese tipo habla encima de un caballo”.

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Escribo

Escribo. Junto palabras en frases. Escribo de besos, de valles, de calles, de huesos calados hasta ellos mismos. ¿Por qué? Sueño y cuento. Me doy y ofrezco. Una bruja hermosa es raptada por una princesa con una hipoteca sobre sus rizos de oro. Escribo y me lees. Escribo sobre el lugar donde va el reflejo de un vampiro en el espejo. Había una vez un vampiro coqueto que buscaba en todos los espejos su imagen reflejada. Al otro lado del papel, de la pantalla, estás tú. Decía un mago que vivía en una montaña en una isla en un mar de olas gigantescas, que todos los libros se escriben sólo para el que los está leyendo. De piratas honrados, de caballeros rufianes, de sirvientas altivas, de esclavos libres, de torres con sótano, de milagros razonables. Escribo.

Escribo deseando vivir de lo que escribo. Escribo de sueños propios, por lo tanto. Escribo esto sin guión, pero lo escribo. Escribo para mi, y en realidad toda frase es un hechizo para que tú que lo leas seas yo. Y comprendas mis deseos, y sientas mis heridas, y celebres mis victorias, y te duelan mis huesos, y saborees mis besos. Como ves, escribo. Como lees, vivo. Para mi tus ojos, para ti mis manos. Una vieja Reina en un palacio frío. Un viejo cansado bajo un árbol más cansado. Si la Reina viera al Viejo, si el Viejo fuera a Palacio. Si la Reina quisiera, si el Viejo la besase. Si escribiese sus besos sabios, cargados, secos…. pero besos.

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Oscars para el niño y la niña

Hay cosas en este mundo que parece que siempre han sido asi, y como tales las aceptamos. Y no me refiero a que el cielo sea azul o la lluvia moje, a que el sol caliente o a que Güemes no tenga que actualizar su blog. Me refiero a esas cosas que de repetidas son tradición. A por ejemplo, el hecho de que si una pareja compuesta por hombre y mujer piden la cuenta en un restaurante, la mayor parte de las veces, el papelito irá a parar sin más preguntas al elemento masculino.

En esa linea, esta mañana, no se porqué, me andaba en un paseillo de los míos por internet, cuando he aterrizado en un artículo de opinión del New York Times (joder, suena bien. Me va a entrar un ataque de gurusismo, leyendo estas cosas). El artículo en cuestión, teniendo en cuenta mi nivel de inglés, venía a explorar la paradoja de la razón por la que existe en los premios de la Academia de Cine de Hollywood, los famosos Oscar, una categoría diferente para Actores y Actrices. En primera instancia, viene a comparar ese hecho con la posibilidad de que en la próxima ceremonia, Morgan Freeman luchara por un Oscar al mejor actor de color y el resto por el de mejor actor de raza blanca. Todo el mundo acusaría a la Academia de discriminación. Pues el artículista opina que esto viene a ser lo mismo…. y la verdad, hace pensar.

Argumenta más tarde que diferenciar las categorías deportivas puede tener su lógica, dada la importancia de los registros físicos (aunque no en todas, creo yo), pero que en este caso no. Al igual que no hay un premio para mejor directora, o guionista, u operadora, no es lógico a estas alturas que exista un premio diferente según el sexo…

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