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El Análisis: ¿Lo arreglamos entre todos?

Si viajas en transporte público conoces la campaña. Si tienes un perfil en las redes sociales, también. La Fundación Confianza ha empapelado de anuncios los medios de comunicación. Con los importantes costes económicos que eso implica en un país con millones de parados. Dicen que a esto “sólo lo arreglamos entre todos”. Noticia completa

“El género de la Violencia”

Por Domingo Schiavoni

“A la mujer aleve no la castigues ni con una rosa” (José de Espronceda)

La celebración del 25 de noviembre, del Día Universal de la No Violencia Contra la Mujer es -a no dudarlo- una alborada luminosa para toda la Humanidad, y en particular para la condición humana. Noticia completa

El pansexualismo y el relativismo moral ¿son la nueva axiología de los españoles?

Domingo SchiavoniAl momento de sentarme en mi ordenador a borronear este comentario de opinión, que el director de este diario pretende que sea al menos de formato académico, por el prestigio y seriedad que esta hoja registra en su corta pero fecunda y preclara trayectoria, creo sinceramente que lo voy a defraudar: aunque los he leído hasta el hartazgo, no soy ni Pío Baroja, ni Don Salvador de Madariaga, ni un Ramón del Valle Inclán ni mucho menos he osado jamás remedar la pluma exquisita de Don Dámaso Alonso. Noticia completa

El análisis: “La muerte de Rayan, ¿sólo un error?”

Al espanto de la primera noticia de la muerte de Rayan sobrevienen un aluvión de dudas. No basta con que el director gerente del Hospital Gregorio Marañón insista en que se ha tratado de un “terrorífico error profesional” cargando tintas, sin lugar a dudas, en la responsabilidad de una joven enfermera a la que presuntamente se le encomendaron cuidados de extremo riesgo a los que no estaba preparada por su corta trayectoria profesional. Noticia completa

El análisis: “Lo estás matando, imbécil”

Indignan. Las imágenes de un niño de dos años fumando tabaco promueven al asco. Este hombre mal llamado padre por los informativos (y mal llamado hombre por esta esquela) ha afirmado a los medios de comunicación de China que su hijo de dos años, llamado Tong Liangliang, comenzó a fumar a los 18 meses de vida. Noticia completa

El Análisis: “Cuando el absurdo es norma”

Parece ser que al final, la gente se está dando cuenta de los disparates a que está conduciendo la correcta aplicación de una normativa tan aplaudida por sectores que se califican como paladines de la progresía de moda y que otros sectores, mayoritarios pero condenados a la censura mediática por ser contrarios a la dictadura de lo políticamente correcto, vienen denunciando. Noticia completa

San Lorenzo de El Escorial: “Se hace camino al andar”

Desafiando las barreras arquitectónicas

Domingo, nueve de la noche. La Calle Pozas se erige magnánima en pronunciada pendiente hacia el casco histórico de San Lorenzo de El Escorial. 

Las luces del coche devuelven la fosforescencia de dos chalecos reflectores que peligrosamente se desplazan por la calle.

Un hombre inválido y una mujer transitan fatigosamente calle arriba.

Una silla de ruedas devuelve la arista más cruda de una ciudad que aún cobija en su vientre barreras arquitectónicas que discriminan injuriosamente la cruda realidad de muchos transeúntes.

La postal es patética. En el esfuerzo de esa mujer y el rostro compungido de este hombre mayor que, por sus imposibilidades físicas, debe ser llevado cuesta arriba sorteando los mas disímiles obstáculos se corre el velo de un Estado que poco o nada ha hecho para generar políticas sostenibles que hagan de San Lorenzo de El Escorial una ciudad para todos y no “para unos pocos”.

El adoquinado de las aceras, los escalones, la falta de rampas de acceso, la inexistencia de un carril específico para bicicletas o transeúntes, hace de la vida de muchas personas un calvario diario.

Un discapacitado, una mujer, una silla de ruedas y la verticalidad de calle Pozas que promete, allá en la cima, el paisaje monumental del Monasterio. Tan lejano. Tan inalcanzable. Vaya combinación de elementos para presentar una desagradable realidad.

A veces, las más, las promesas electorales que in pectore se lanzan al viento del electorado suenan póstumas al toc toc de la realidad. Y es allí, en la sensación elemental de no sentirse correspondido por un Estado que transita ciego a las necesidades propias, es donde se configura el peor de los fraudes electorales.

En este pueblo histórico, donde Felipe II sentó los reales de una España grande, justa y generosa hay profundos abismos que discriminan.

Y tras la indignación, surge prístina y peligrosa la resignación. “Que le vamos a hacer, amigo, se hace camino al andar”, dice este hombre sumido en la indignidad.

Domingo, nueve de la noche. Dato temporal inútil a los efectos periodísticos. El injundio es diario, sostenido y permanente.

La Redacción

Hartazgo…

A Usted, que está harto de estar harto. Que piensa legítimamente que nada cambiará a pesar de tanto augurio de cambio.

A usted, que le falta lustre a los zapatos y pan en la mesa; que camina por las mismas calles de siempre y deshoja margaritas en procura del amor que tal vez jamás llegará.

A usted, que le sobran motivos para optar por la soledad; la eterna compañera de los silentes, de los que nada esperan, de los que perdieron las ganas de ganar.

Si bien no nos conocemos, estas líneas son para usted, porque sé que tenemos el agrado de presentirnos mutuamente. Y eso, en una sociedad polarizada, atomizada y casi destrozada en los laberintos de la globalización es algo más que un suspiro de alivo: Es casi una redención.

Somos prójimos en el derrotero de la vida y tenemos distintas carestías. Tal vez a nosotros nos sobre paciencia, y a los otros no. Tal vez los otros estén necesitando lo que entre nosotros abunda. Tal vez en algunos puntos coincidamos.

Y aunque las fiestas de fin de año estén lejos en el calendario, busquemos motivos para estar felices. No debe ser tan difícil. Hurguemos entre las cosas que nos hacen mal y veamos cuán cerca estamos de que puedan cambiar. Sólo así, vamos a encontrar alivio a nuestros pesares.

Pensar en positivo, dicen los psicólogos cómodamente acurrucados al sillón de cuero de una oficina ambientada por las frigorías exactas que emanan de la boca de un aire acondicionado central.

Lo que no saben estos señores, los otros, los lejanos, es que pensar en positivo es difícil por estos días calenturientos. La sensación térmica depende en gran parte, y muchas veces, del estado de ánimo individual. Y puede elevarse a unos cuantos grados más que los del infierno. Castigados por el sol, la crisis y las promesas incumplidas, sabemos que lo que más nos está molestando por estos días es este airecito fresco que viene y se va. Que amaga con quedarse y no se queda. Que alivia y castiga.

Y, coincidamos, estamos “podridos” de este verano insolente que se ha ufanado en resecar nuestra existencia con un sudor pegajoso e insoportable.

Sin embargo,  presentimos el final de estas líneas con una sonrisa entre dientes y una placentera sensación de que algo muy importante está por cambiar y que ese cambio modificará nuestro paisaje y aliviará nuestras vidas.

Sí, gracias a Dios se acaba el averno. En pocos días el otoño dará sus primeros suspiros de alivio, aplacando también el gravoso peso de nuestras dolencias e inequidades que, seguramente, con esa brisa confortable de la estación, serán más llevaderas, menos incómodas y más livianas.

De diosas gordas y modelos delgadas

Por aquellos días tenía pánico a la gordura. Escuálido, con tan sólo 17 años, 48 kilogramos y desinteresado de los riesgos de la balanza; disfrutaba plenamente de mi liviandad.

Llegué a convencerme de que el mundo era tan delgado como yo y que no había lugar en él para los vientres prominentes. De últimas a primera, los datos que me ofrecía la realidad lo confirmaban: Tenía amigos con cierto grado de obesidad que no podían conseguir novia y, en las tardes de fútbolsólo ostentaban la mezquina condición de ser los dueños de la pelota.

La fealdad era sinónimo de adiposidades acumuladas. La inutilidad también. ¡Almorzá!, decía mi madre al borde de una crisis de nervios, cada mediodía en la mesa familiar. En silencio, para evitar mayores reconvenciones, simulaba lentamente llevar a la boca más porciones de las que realmente ingresaban a mi tracto digestivo. ¿Es que acaso resultaba tan difícil entender que no tenía hambre? ¡No quiero un hijo anoréxico!, sentenciaba mi padre tal vez sospechando severamente que ya estaba navegando en las aguas profundas de aquella enfermedad de la que se habló profusamente (mal y tarde) veinte años después.

Fui creciendo y, paulatinamente, aquel vientre marcado por abdominales de madera se fue ablandando ante mis ojos azorados. Puede que con los años sea inevitable ocultar la “pancita” de casado. Me fui transformando en lo que nunca quise, en lo que siempre temí: El fiel de la balanza delata en más de 80 los kilogramos que actualmente ostento y que me esfuerzo por controlar.

Me he preguntado en mil y una oportunidades el por qué de esta mutación amorfa que me ha dinamitado el amor propio y no encuentro razones lógicas, al menos hasta ahora. Puede que sea inexorable aquello de Isaac Newton cuando aseveró que todo tiende hacia abajo en esta tierra, en virtud de lo que denominó la Ley de Gravitación universal: Dos cuerpos se atraen con una fuerza directamente proporcional al producto de sus masas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que los separa. Sin este paradigma de la física los cirujanos plásticos se verían obligados a ejercer el riesgoso oficio de carniceros.

Aprendí a respetar la obesidad recién cuando el médico me pidió que aflojara con los postres, atento a la alarmante acumulación de colesterol y triglicéridos que delataba mi sangre; cuando me agité al subir aquella escalera y en oportunidad de no encontrar talle de cinturón en una tienda. Bañarse, y en la ducha no poder mirarse los pies es más deplorable de lo que parece. Uno observa fotos viejas mientras ensaya dietas baratas bajadas de Internet para descender un escalón en la escala de pesos, sin éxito alguno.

Y la vida sigue, entre pantalones doblados a la altura de lo que alguna vez fue una cintura, los pies hinchados y la curvatura ventral prominentemente intacta.

En algún momento sobreviene la mesura, que no significa resignación sino, por lo contrario, razonamiento.

Pienso en estos momentos que había un tiempo en que la masa corporal abundante era sinónimo de belleza y la delgadez extrema, enfermedad. Las actuales modelos bien podrían haber sido confinadas a una solitaria celda por algún emperador desde la suposición de que alguna terrible malaria las afectaba, amenazando con contagiar a sus congéneres.

Los ejemplos sobran y de aquellos tiempos de oro nos quedan verdaderas obras de arte como fiel testimonio. Renoir no creaba sus figuras obesas sólo por capricho. Pintaba lo que veía, lo que estaba de moda. Al igual que Pedro Pablo Rubens estampaba en tela el cuerpo de hermosas campesinas francesas en posiciones tales que mínimos cúmulos adiposos surgen aparentes y rotundos.

Eran tiempos de carnes rosadas exuberantes, plenas de vida. ¿O acaso no revisten esas virtudes Helena Fourment e Isabel Dry en “Las tres gracias”? Artemisa y Betsabé son las obesas de Rembrandt, ambas protagonistas de momentos históricos; Duchst imaginó a París escogiendo como ganadora de la manzana de oro de la discordia a la diosa que ostenta el abdomen más voluminoso; y ya en el ocaso del imperio romano las figuras en la Villa de los Misterios en Pompeya, son de mujeres con anchas caderas y prominente abdomen.

La obesidad era lo deseable, y debía seguirse la moda: Echemos sino una mirada a Susana de Tintoretto, esa figura enorme y adiposa que mereció la admiración de la Andrómeda de Rubens.Para seguir hablando deberíamos medir los diámetros de la Venus de Milo, las cinturas de la Venues de Urbino de Tiziano, los brazos de la Atalanta de Jordaens y; desde luego todas las Afroditas, la de Cnido, la de Doidalsas, la Amadiomede, y la representación de Phryné la cortesana. Todas tienen cinturas que sobrepasan los 70 centímetros.

Con esto, queda demostrado que los cánones de la moda son cambiantes y extremistas: Las gordas de ayer son las esqueléticas de hoy. Por ello impera un poco de respeto por el ser humano, que es aquel que con sus dolores, éxitos y miserias convive con su estructura y no merece ser carne de cañón del mercadeo de la propaganda esteticista.

Volvamos a mirar un poco hacia adentro. No es que los triglicéridos hayan afectado mi buen juicio sino que a diario observamos cómo el sentido existencial del hombre, que reside en el cultivo del espíritu y el respeto por el prójimo, se está yendo por la pestilente alcantarilla de las apariencias. Nada indica que en un mañana no muy lejano la obesidad vuelva a los desfiles como canon de belleza inexpugnable.

La medida, pionera a nivel internacional, obliga a las modelos a tener un índice de masa corporal no inferior a 18, es decir, no pesar menos de 56 kilos para una estatura de un metro setenta y cinco centímetros. Hasta hace poco el mismo peso y la misma medida hubiera escandalizado a los diseñadores. Las llaman “guapas y sanas”. Huyen de la anorexia, como la mayoría de nosotros debe desertar de la anorexia intelectual. Esa que pone rótulos. Esa que discrimina.

Seamos un poco más humanos. Gordos o flacos. Está visto que sólo así podremos ser felices.

Tenga en cuenta que escribo esto mientras me miro la tripa con una tremenda capacidad de esbozar una sonrisa. Y no es poco.

Volver…

La crónica es sencilla, como casi todas las vivencias de un hombre simple. Cierta tarde me paré a husmear entre las publicaciones que exhibe generoso escaparate de revistas y se me ocurrió deducir que en ese cubículo de dos metros y medio de ancho por uno y medio de profundidad había más mujeres desnudas que en las orgiásticas jornadas de Nerón o Calígula.

Hasta aquí la anécdota, plagada de virtuosas protuberancias carnales pintadas de azul y blanco cual terrenales iconos del fanatismo mundialista o jovencitas en “estado natural” insinuando una fingida sensualidad pre y post producida por expertos diseñadores gráficos.

Hugh Hefner, el mítico creador de Playboy, quedó atrás en osadía y originalidad en lo que a excitación del morbo social se refiere. De ello no queda duda alguna. Los parámetros de la moralidad (ojo, no confundirla con moralina barata, que es otra cosa) han oscilado en una curva peligrosamente descendente y evidentemente obscena.

Son pocas las publicaciones que hoy se atrevan a salir de los parámetros del consumismo. Lo prohibido parece haber subido las barreras al libertinaje público y a la impudicia del voyeurismo.

No es que esté usted frente al descargo de un puritano empedernido. Simplemente aún no puedo concebir que algún enfermo dibujante japonés haya inventado el “manga”; que es una especie de cómic tan cercano a los dibujitos animados como a los más osados libelos pornográficos.

Mucho menos aceptable resulta el hecho que haya triunfado en tal empresa porque, precisamente, exista un mercado de consumo apropiado a tales desvaríos.Si viviéramos en un mundo de adultos, este artículo ya estaría por estas alturas en la papelera de reciclaje. Que cada cual haga de su hábito de lectura (¿lectura?) lo que quiera, aunque tal vez ahora se nos invite más a mirar, que a leer y estudiar.

Pero, mal que les pese a muchos, también hay niños y adolescentes en etapa plena de formación que no pueden evitar el espectáculo: Mientras compran cincuenta céntimos de regaliz, se preguntan por qué hay tantas mujeres bellas en los quioscos y tan pocas en la escuela o en el club.

Sucede que las gafas, aparatos dentales y otros adminículos correctores de pequeños defectillos no entran dentro de los cánones de belleza del nuevo reinado del morbo.Y en esta debacle, de inspirada conspiración contra natura, se promueve lo sexual como paradigma de los nuevos tiempos.

Estamos tapados de basura ideológica a diestra y siniestra que, pútrida, pretende instalar los reales de una nueva y desordenada concepción de las cosas. Pruebe durante sólo un día y tal vez podrá darme la razón. Recorra las tapas de las revistas en cualquier escaparate de la mano de su hijo menor y atrévase a resistir el impulso de tratar de desviar su mirada hacia alguna publicación infantil.

Siéntese frente al televisor y trate de no ruborizarse ni entrar en un zapping desesperado cada cinco minutos frente al nudismo impúdico o las escenas sexuales. Y piense el peligro que representa que ellos entiendan al mundo así. Una especie de paraíso carnal en el que los valores, a falta de difusión, fueron asunto del pasado. De un ayer al que no debemos retornar para que los magnates de la desinteligencia organizada sigan llenando sus bolsillos.

Algo habrá que hacer para preservar la integridad de este mundo que quiere hacer un giro a la impudicia y la inmoralidad. Puede que hayamos guardado por allí alguna ediciín de “El Principito”. Puede que haya en nuestra casa algún ajado ejemplar de “Platero y yo”, o de “Juvenilia”. Puede que estemos más con nuestros hijos y menos con nuestros problemas y nuestro trabajo. Puede que volvamos a la inocencia. ¿Será?

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